El fin del amor

En El fin del amor: Querer y coger en el siglo XXI (2019), Tamara Tenenbaum despliega una sinfonía coral de las nuevas formas de relación sexoafectivas que buscan transgredir (o, al menos, cuestionar) la definición romántica, monogámica y patriarcal de los vínculos amorosos, y que resultan del «proceso de desritualización que vivió el amor en el siglo XX, en particular a partir de los años sesenta».

Liberada desde la infancia del corsé del judaísmo ortodoxo, de pluma profunda, honesta e hiriente, Tenenbaum propone en su ensayo un recorrido biográfico y sociológico que acierta en ser descriptivo y narrativo a la vez que interpretativo y explicativo en su intento por abordar los nuevos pactos vinculares que operan en el mercado del deseo, por el momento, solución colectivamente improvisada ante el proceso de deconstrucción que vivieron las estructuras arcaicas e institucionalizadas del amor tradicional.

Precisamente, lo más valioso de Tenenbaum sea, tal vez, su esfuerzo por formular (o mostrar la necesidad de) una política económica del amor:

«Si la economía política implica restaurar las relaciones invisibilizadas en los intercambios mercantiles, intentar una economía política del amor supone hacer lo mismo con nuestros vínculos: mostrar que detrás de ese aparente caos tal vez no haya un orden (en parte, la característica más saliente de nuestra época es el desorden) pero sí fuerzas operantes, asimetrías y dinámicas que se repiten».

Es que ante la caída progresiva de las estructuras heteronormadas en que las mujeres fueron encorsetadas durante siglos de acuerdo con una forma política y económica de definir el amor, las relaciones, el matrimonio, la libertad, la belleza y la maternidad, nos vemos ahora, como sociedad plural, democrática y libre, enfrentados a la difícil tarea de construir algo con los escombros que quedaron del pesado muro que regulaba nuestros deseos.

A primera vista, la soltería secular (la idea de una persona no casada ni monogámica que establece vínculos sexoafectivos variados y elige sus parejas o relaciones libremente dentro de una amplia oferta en el mercado del deseo) aparece como respuesta universal ante la caída de los viejos esquemas y se propone, casi espontáneamente, como la forma más promisoria de la libertad: una libertad en vísperas de ser plenamente ejercida que ha sido ganada con sangre, sudor y lágrimas tras décadas de lucha de los colectivos femeninos en su búsqueda solidaria por tirar abajo el complejo laberinto de paredes culturales dentro de las que les enseñaron a vivir.

La serie

El fin del amor, serie homónima basada en el ensayo original, refleja desde el recurso narrativo las experiencias cotidianas de tres amigas arrojadas a la necesidad de vivir las relaciones familiares, amorosas y sexoafectivas en este nuevo contexto vaciado de reglas y rituales sacralizados. Tres amigas que se enfrentan en sus vidas a distintos vínculos que las interpelan en lo personal y profesional. Tres amigas que habitan la libertad con deseo y desenfado, aunque también con miedo e incertidumbre, quizá, porque nunca les enseñaron a asumirla plenamente.

¿Cómo aprender a vincularse si no hay ya significados sociales compartidos acerca de cuáles son las condiciones necesarias y suficientes para establecer vínculos con los demás? ¿Qué opciones nos quedan ante la caída de los viejos modelos hegemónicos? ¿Qué hacer con la libertad si no sabemos qué es, cómo ejercerla ni cómo valorarla? De fondo, en goteo constante, las preguntas resuenan una y otra vez en las conciencias de las tres amigas y de casi todos los personajes de la serie.

Tamara Tenenbaum es la protagonista. No es casual que ella misma (la autora) se haya inclinado a encarnar en el personaje que desarrolla la trama, y que sea su personificación, lo mismo que ella, una filósofa treintañera, docente y columnista de radio que logró quebrar los lazos que la unían a la tradición judía. Y a Tamara (personaje) le pasan cosas: decide separarse, sin preámbulos ni preavisos, de su novio tras cuatro años de convivencia para comenzar a habitar su deseo, para permitirse experimentar la vida libremente, para aplicar en el amor lo mismo que, de chica, logró aplicar en su vínculo con la religión: romper las cadenas de los mandatos sociales, las herencias del pasado y los preceptos normalizantes en que fue educada.

En el proceso, Tamara deberá enfrentarse a la incertidumbre. A las relaciones carnales vacías y cosificantes, con cuerpos que circulan y se acumulan como trofeos o imágenes en su celular; a explorar sus propios gustos y orientaciones sexuales; a subsistir con autonomía y resolver los desafíos de su realidad económica. Habita la libertad desde del caos emocional (“Creo que hay algo del caos que me gusta”, le dice a su psicólogo), en deconstrucción y cuestionamiento continuos, un camino zigzagueante en busca de sí misma. Es que, quizá, una primera conclusión que plantea la serie sea esa: en un mundo cada vez más desnormalizado e incomprensible en el que no hay reglas ni preceptos disciplinantes ni ideologías que nos “iluminen el camino”, acaso lo único que queda por hacer es buscar refugio en uno mismo. Aunque sea por un rato.

Sus amigas son, para ella, un salvoconducto a la estabilidad, un sostén para sus emociones conmovidas. Y allí están, una y otra vez, dispuestas a acompañarla en el río de la vida. En su grupo de Whats App, abundan los audios colectivos a modo de consultorio emocional dispuesto para las guías y consejos sobre cómo enfrentar las situaciones que les presenta la vida. Así se acompañan, caminando juntas, como si la amistad fuera el único refugio que queda ante la caída del mundo.

Sin embargo, al mismo tiempo, las tres amigas tienen también sus distancias. Las conversaciones entre ellas parecen por momentos monólogos colectivos: cada una dice lo que quiere, con libertad y confianza, pero se lo dice a sí misma. Se acompañan, sí, pero cada una está solamente disponible para procesar su propia angustia, para transitar su propia incertidumbre. Como si no hubiera espacio para nadie más. Como si lo que cargara cada una dentro suyo fuera tan desbordante que excluye todo espacio posible para un otro. Quizá, estar solos en compañía sea la nueva forma de no estar solos.

Es que pareciera que tanto hombres como mujeres estamos algo perdidos en este nuevo escenario. No sabemos qué hacer ni cómo hallar ese refugio, ese lugar seguro y reconfortante en el que estar en paz, en el que ser plenamente. No hay instituciones, sistemas de creencias, ni familias, ni redes de contención, no hay estructuras ni ideologías que nos protejan de la tormenta.

La soledad secular

Si no hay modelos ni esquemas ni ejemplos; si no hay reglas ni preceptos ni normas; si no hay jerarquías ni formas estereotipadas para alcanzar la felicidad, la paz o para fomentar una sociabilidad sana y solidaria: ¿qué nos queda? ¿Qué camino seguir si no hay camino?

El mercado es una solución posible. Reflejar el mismo modelo que aplicamos al consumo de objetos en el mercado del placer y el amor. Es decir: someter a los demás al rango de objetos, que son entonces para mí algo a lo que me acerco para acceder a mi propia satisfacción. Vincularnos con los demás como si fueran zapatos o pantalones o comida, consumirlos como se consume un jugo de naranja o un bife a la brasas, y conformarnos con la experiencia hormonal que nos producen.

Pero, tal vez, haya otro camino posible. Si la soledad es una de las formas de la libertad, entonces quizá debamos aprender a estar solos. Ser y estar solos como una forma de vida aceptable, sea temporal o definitiva, que nos permita también disfrutar plenamente de la existencia. Pero ¿cómo estar solos en una sociedad que estimula precisamente lo contrario? ¿Cómo sentirnos bien solos si las instituciones (y los sujetos) sociales todavía insisten en pensar que la pareja o la familia son las expresiones más deseables de la vida? ¿Cómo habitar la soledad si tenemos a disposición una multiplicidad de dispositivos que nos conectan instantáneamente con vínculos a distancia de forma omnipresente? Y, especialmente: ¿cómo estar solos si la pantalla exige todo el tiempo nuestra presencia? ¿Cómo lograrlo si se espera de nosotros que aparezcamos, que nos mostremos, que seamos alguien para los demás; si debemos responder a todo momento a mensajes, audios, exposiciones; si debemos representarnos a nosotros mismos a través de imágenes que certifiquen nuestra existencia? ¿Cómo sacrificar nuestra presencia ante los demás sin dejar de existir?

“El amor es dar lo que no se tiene a quien no es”, explica Tamara al final de la serie citando a Lacán. Es que, tal vez, asumirnos como seres incompletos, tanto a nosotros mismos como a los demás, sea un posible punto de partida para reconocernos en falta, para aprender a habitar la soledad sin necesidad de llenarla con un otro que solo nos sirve para evitar enfrentarnos a nuestro irremediable vacío.

El desapego emocional

Citando a Eva Illouz (Por qué duele el amor: Una explicación sociológica, 2011), Tenenbaum insiste en su ensayo en el desapego emocional que los hombres desarrollaron como estrategia de control sobre las mujeres:

«“Los varones transfirieron al sexo y la sexualidad el control que tuvieron antes en el hogar, y la sexualidad se convirtió en el ámbito en el que ellos podían expresar y desplegar su autoridad y su autonomía”, escribe Illouz, y agrega: “El desapego en la sexualidad llegó a señalar y organizar el tropo más amplio de la autonomía y el control y, así, el de la masculinidad. El desapego emocional podía ser visto como una metáfora de la autonomía masculina”».

El desapego emocional (en principio masculino, aunque habitado lentamente también por mujeres que han asumido, como explica la autora, la necesidad de resguardarse a sí mismas en la misma lógica que rechazan de los hombres), puede pensarse como una forma de vínculo sana no dependiente de las personas o los objetos. Implicaría ser capaces de acercarnos a los demás desde una perspectiva no posesiva ni apegada, por tanto, un modo liberador de relacionarnos con el entorno, según el cual el individuo puede ser y estar en el mundo como sujeto autónomo de sus decisiones y, a un tiempo, ser capaz de formar lazos afectivos que asuman y respeten la subjetividad del otro.

En este contexto, el problema de la responsabilidad afectiva en las dinámicas vinculares aparece como cuestión a revisar en un clima de época que estimula una interpretación individualista del desapego. Si el desapego es por la positiva, si lo vemos como una forma de amar que valora y respeta la conciencia y existencia del otro en su asunción individual de la libertad, si el otro es un fin en sí mismo, pareciera entonces un camino válido para entablar una conversación profunda que nos permita renacer de los escombros.

Sin embargo, si el desapego es visto por la negativa, si lo vivimos como una forma de amar en la que los demás son simples objetos que nos permiten alcanzar nuestros deseos y expectativas, si el otro es un medio para mí, entonces podríamos estar yendo por un camino que no haga más que repetir los modos de apropiación consumista definidos por las condiciones de producción imperantes.

La cosa no es fácil. ¿Cómo salir del mandato del consumo, la belleza y el éxito personal difundidos a través de los medios de comunicación, la publicidad y la industria? ¿Cómo evitar aplicar al deseo, al amor, a nuestros vínculos con los demás la lógica del usufructo, la utilidad y el beneficio? ¿Cómo hacemos para ser individuos autónomos, libres, autodefinidos, sin caer por ello en el egoísmo, el narcisismo y la utilización instrumental de los otros? ¿Cómo ser desapegados y, al mismo tiempo, responsables afectivamente?

Tenenbaum advierte:

«La deconstrucción no es un camino que tiene un comienzo y un punto de llegada, sino una mirada sobre la vida que nunca termina […] [P]refiero tratar de entender que todas estamos aprendiendo, que todavía no sabemos del todo cuáles son las alternativas a los modelos que heredamos y repetimos, y que quizás no lo sepamos nunca».

¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo salir del enjambre? ¿Hay solución posible? En el cuarto capítulo de su ensayo, Tenenbaum parece esbozar una posible respuesta a toda esta maraña de relaciones confusas y caóticas, a esta sinfonía coral de formas vinculares no normativizadas, sin caer por ello en la estrategia del consumo ni en una lógica obsoleta del pasado:

«Siento que tiene que existir una manera de que eso que llamamos soltería sea también amorosa y cuidadosa; que alguien con quien me veo una vez por año me ponga el hombro y la oreja en una noche difícil aunque no pinte sexo; animarme a estar disponible y abierta para las personas en mi vida incluso si mi relación con ellas no tiene nombre (aun) ni permanencia; que no me parezca de freak que un hombre con el que comparto la cama y no mucho más necesite contarme algo o pedirme algo fuera de ella. Pensar de forma más continua el amor y la amistad, ese modelo de unión libre que tenemos a mano que no depende de reglas claras ni de verse todos los días ni de un “proyecto en común” sino de la libertad. Quiero construir a partir de esos vínculos fluidos un compromiso comunitario y colectivo con los cuerpos y las personas deseantes que conozco que no implique obligaciones ni etiquetas pero sí cuidado y afecto en el sentido más amplio pero también más verdadero de esos términos. Dejar atrás la lógica del consumo de personas, del mercado donde nos medimos y nos tasamos mutuamente, y probar mirar de frente el deseo propio y el del otro: cuando nos calienta pero también cuando nos molesta, nos enoja o nos desconcierta».

Artículo escrito por Santiago Koval para KubernÉtica.

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